imparable

Imparable

Es que no podés parar. No te da la cabeza para frenar porque sabés perfectamente que, en el instante en que bajes un cambio, se te viene el mundo encima.

Yo me armé este caparazón hace años.

Te llenás de compromisos, de laburo, de proyectos imposibles, corrés de un lado para el otro como un pollo sin cabeza. Te convencés de que estás buscando la excelencia, de que sos productivo, de que estás «viviendo al máximo». Pero es mentira. Es una mentira piadosa que te contás todas las mañanas frente al espejo.

No estás buscando ganar nada; estás huyendo. Es una fuga hacia adelante. ¿Y de qué huís? Del vacío. De esa angustia muda que no podés tramitar y que, si te quedás quieto cinco minutos, te empieza a taladrar el pecho.

Entonces hacés. Actuás. Te cargás mil cosas en la espalda para no pensar. El hacer se te vuelve el único anestésico que te queda a mano.

Vivís acelerando a fondo, buscando la descarga a cero, esa necesidad pulsional de quedar tan exhausto que la cabeza no tenga más remedio que apagarse por cansancio.

Llegás a tu casa como un perrito cansado, respirando por la boca, con el corazón en la garganta, pero te acostás con la tranquilidad ficticia de que hoy tampoco tuviste tiempo de mirarte para adentro.

El problema es que el Yo no tiene filtro. El Superyó no te funciona como un juez justo; es un demonio con un látigo que te hostiga y te dice que si parás un segundo, no valés nada, que sos una porquería.

Y como la cabeza no te da el permiso para decir basta, el cuerpo te termina cobrando la factura.

“No estás buscando ganar nada; estás huyendo.”

Un buen día hacés pumba y te frena de golpe. Te rompe la rodilla, te revienta las manos, te encaja un síntoma físico que te obliga a caerte de la pista. La rodilla es la que termina diciendo «basta» porque tu cabeza se olvidó de cómo se hace para poner un límite.

Cuando por fin te obligan a frenar —un «Egg Day» forzado, un día de hacer el huevo— te invade el horror. Te da terror quedarte solo con tus pensamientos. No es miedo a la quietud en sí; es el pánico a encontrarte con los fantasmas congelados que dejaste atrás en el camino, con la culpa y el dolor del sobreviviente que nunca te animaste a mirar de frente.

Te das cuenta de que te pasaste la vida reparando la máquina para seguir produciendo, sin registrar que adentro tuyo no quedaba nada de plasticidad para el placer. Solo leyes, legalidad y exigencia.

Pero a veces, porque no sos tonto, te permitís algún escape, algún recreo, porque si no sería muy evidente y tal vez entonces al Yo se le dé por parar.

Al final, te toca aprender la lección más difícil: tolerar la arruga, aceptar que no todo es posible y empezar a mirarte con un poco de ternura, desde el cuidado materno y no desde el látigo.

Hay que darle dignidad al placer, aunque al principio te queme las manos.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *