Sobre mí

Escribo desde la clínica, la escucha y las formas contemporáneas del malestar.

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Cuando era chico, apenas a los seis o siete años, ya jugaba a que me iba a estudiar a Buenos Aires. Imaginaba que dormía en una pensión y que pasaba las horas leyendo un libro de filosofía, gordo e imponente, que había heredado de mi primo Marcelo. Tal vez ahí empezó algo: una forma de mirar el mundo desde las preguntas, desde la inquietud y desde el deseo de entender.

Soy Martín Santoro.

Nací en Azul, en la provincia de Buenos Aires, y estudié en el Colegio Nacional de Azul. Al terminar la secundaria, las urgencias de la realidad me llevaron a la Capital Federal, primero para laburar. Vengo de una familia muy humilde, donde muchas veces apenas se llegaba al día quince del mes. Por eso, el empleo administrativo en una empresa multinacional que me consiguió mi primo Marcelo fue, en ese momento, una verdadera locura de bienestar y una felicidad enorme.

Instalado en Buenos Aires, me inscribí primero en Derecho en la Universidad de Buenos Aires. Cursaba de noche, de siete a nueve y de nueve a once, para poder compatibilizar la facultad con el laburo. Llegar desde un pueblo de sesenta mil habitantes a la inmensidad de Ciudad Universitaria fue un impacto absoluto: la vida política, los carteles, las discusiones, la universidad pública como territorio vivo. Me deslumbró esa atmósfera hiperpolitizada de la época, con los partidos de izquierda, el peronismo, los debates y la sensación de estar entrando en un mundo inmenso.

Aprobé las materias del ingreso, pero la abogacía no era mi camino. Intenté también Economía, pensando que podía tener alguna relación con mi trabajo en la multinacional, pero la experiencia fracasó enseguida. La resistencia era tan clara que a las pocas clases empecé a faltar por problemas gastrointestinales. El cuerpo me decía, con bastante contundencia, que no quería estar ahí.

La verdadera revelación llegó durante unas vacaciones en San Martín de los Andes, mirando el lago Nahuel Huapi junto a Silvio, un compañero de la facultad. En ese paisaje se volvió nítido: tenía que estudiar Psicología. Ese viaje, y los recuerdos de otros compis de ruta como Analía, Marcela o Facundo, me dejaron también una certeza que todavía conservo: el aprendizaje universitario es, en gran parte, una experiencia colectiva. Algo que los argentinos entendemos muy bien como un construir codo con codo, apoyándonos mutuamente.

Inicié la carrera de Psicología en 1992. Mi tránsito por la universidad fue lento, con esa modalidad muy mía en la que conviven el impulso de hacer las cosas de un tirón y la necesidad de procesos larguísimos. Durante esos años hubo militancia estudiantil, laburos diversos y una formación humana que no vino solo de las aulas. Fui comercial, telemarketer y, en el tramo final, trabajé durante dos años como repartidor de empanadas y locro en Flores y Floresta, una zona de la ciudad con un ritmo pesado, intenso, picante.

En paralelo a la universidad, las clases de teatro con Raúl Serrano y Norman Brisky fueron decisivas para mí. A ellos les debo la seriedad para asumir eso que muchas veces se subestima como un simple hobby, y también una herramienta analítica que sigo usando: aprender a ver la vida en escenas. Poder aislar un momento, un gesto, una tensión, y leer ahí algo del conflicto subjetivo. Esa manera de mirar me acompaña tanto en lo personal como en el trabajo con pacientes.

Me gradué en Psicología en la Universidad de Buenos Aires. El egreso quedó marcado por la historia de mi país: el 19 de diciembre de 2001 fui a rendir Psicología de Adultos, mi última materia, mientras comenzaba el estallido social en Argentina. Al llegar me sorprendió el silencio, la poca gente, la rareza del clima. La profesora me preguntó si sabía lo que estaba ocurriendo. No se suspendió el examen. Se convirtió, más bien, en un diálogo profundamente emotivo, atravesado por el psicoanálisis y por una pregunta que todavía me acompaña: cuál es la función del psicólogo ante el sufrimiento individual cuando ese sufrimiento está también inscripto en una crisis colectiva.

Al terminar, aquella docente me dijo algo que conservo como bandera y cable a tierra:

«Tenés algo muy bueno, que es como una gran pasión, pero tenés que tener cuidado, porque también te puede hacer muy mal tanta pasión. Que no pierda la pasión, pero que tenga cuidado».

Con los años entendí que esa pasión es energía pulsional enlazada a nuestra disciplina: un motor que exige trabajo intelectual constante para que no destruya, sino que pueda dar frutos bellos hacia el otro.

Después emigré a Italia, en 2002. Allí no ejercí la psicoterapia de consultorio tradicional, pero encaré durante ocho años un laburo precioso de inserción sociolaboral, coordinando el reciclaje municipal en escuelas y oficinas junto a personas con padecimientos mentales severos: esquizofrenia, paranoia, trastornos cognitivos. La convivencia diaria, tantas horas sobre el camión recolector, generó vínculos entrañables y me obligó a desmontar muchas de mis propias defensas neuróticas.

Comprendí que mi mente supuestamente “normal” reaccionaba al principio con enojo ante el brote o la locura del otro. Un mecanismo inútil. Con el tiempo, eso fue transformándose en escucha, paciencia y un afecto profundo. Aún hoy me emociona recordar esa experiencia, porque ahí aprendí algo que ninguna teoría, por sí sola, podía enseñarme: que la clínica empieza también en la posibilidad de permanecer al lado del otro sin defenderse tanto de su diferencia.

En esa misma época continué mi formación teórica en torno al psicoanálisis, asistiendo a los cursos de la escuela del psicoanalista lacaniano Massimo Recalcati. Esa formación lacaniana fue importante en mi recorrido, pero también me permitió reconocer, con el tiempo, ciertos límites: una rigidez teórica que, al encontrarse con el sufrimiento concreto, podía volverse demasiado estrecha.

En 2010 me radiqué definitivamente en Sevilla e inicié mi práctica clínica formal. Al encontrarme con el sufrimiento real de mi primer paciente, parte de aquel andamiaje dogmático se fue a tomar por saco. Descubrí entonces que esa modalidad técnica no encajaba del todo con mi identidad clínica. La práctica me empujó a buscar otra posición: menos rígida, menos doctrinaria, más atenta a la singularidad de cada sujeto y más cercana al psicoanálisis contemporáneo.

Desde hace casi dieciséis años mantengo un espacio de formación con la Dra. Mara Sverdlik, psicoanalista y referente en el pensamiento clínico contemporáneo. Su transmisión ha sido, para mí, mucho más que una orientación teórica: ha sido una forma de aprender a escuchar, a esperar, a no aplastar la clínica con conceptos ya sabidos. Le debo una parte decisiva de mi manera de leer el sufrimiento humano, con respeto por su complejidad, por sus tiempos y por aquello que todavía no encontró forma.

Desde ese recorrido escribo.

En mis textos intento acercar conceptos clínicos complejos a escenas reconocibles de la vida cotidiana. Me interesa pensar cómo ciertos conflictos subjetivos aparecen en gestos mínimos: la parálisis ante un proyecto, la vergüenza frente a la mirada del otro, la necesidad de reconocimiento, el miedo a salir del encierro o la exigencia de estar siempre a la altura.

Este espacio reúne artículos, escenas y reflexiones sobre clínica, psicoanálisis y pensamiento contemporáneo. No busca ofrecer respuestas cerradas, sino abrir preguntas: sobre lo que nos sostiene, lo que nos detiene y lo que, a veces, nos permite volver a movernos.

Mi deuda principal, institucional y afectiva, sigue siendo con la Universidad Pública Argentina. El acceso gratuito e irrestricto que me permitió estudiar fue defendido —y sigue siendo defendido— por generaciones de estudiantes y docentes que, en muchos casos, entregaron la vida por ese derecho. Me resulta necesario reivindicar ese origen. De algún modo, siento que mi práctica profesional y este espacio de difusión están simbólica y éticamente auspiciados por la universidad pública de mi país.

A ella, a mis maestros, a mi familia, a las personas que me acompañaron amorosamente y a los pacientes sevillanos que durante estos quince años me confiaron algo de su dolor, les debo profundamente lo que soy hoy.

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