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La Sangre de las Ovejas

Ájax y el colapso del Ideal

Son las tres de la mañana. Estás a oscuras, el celular es el único sol de tu habitación y hacés scroll

Lo que ves en la pantalla no es solo gente feliz; es una exhibición de perfección obligatoria. Ves la carrera profesional que no tuviste, el cuerpo que el tiempo se llevó, la vida familiar que parece un comercial de perfume.

En ese momento, sentís un frío en el pecho. No es envidia de adolescente sino algo mucho más denso: la certeza de que tu vida, comparada con eso, es un error.

Sentís que todo lo que construiste —tus años de trabajo, tus crisis superadas, tu inteligencia— se borra de un plumazo. Te quedás en blanco.

Pero acá está el truco: esa «Ceguera Blanca» no significa que no ves nada. Significa que ves demasiado lo que falta.

Lo que no tenés se vuelve lo único real. Tu mente se transforma en un perito de siniestros que solo registra las grietas de la pared.

Para entender por qué nos ensañamos así con nosotros mismos, tenemos que viajar al pasado y hablar de un guerrero que se volvió loco por un par de armas doradas.

El Mito de Ájax: La caída del invulnerable

En la guerra de Troya, Ájax era «El Grande». Era el muro del ejército. No necesitaba que los dioses lo ayudaran; él se bastaba solo. Su marca registrada era la autosuficiencia absoluta.

Cuando el héroe Aquiles muere, se debate quién heredará sus armas, que eran el símbolo máximo del éxito y del valor.

Ájax da por sentado que son suyas. Pero se las dan a Ulises, el astuto, el que sabe hablar, el que sabe «venderse» mejor.

Para Ájax, esto no es un simple problema laboral o un desaire. Es un colapso total del sentido. Si él no es el dueño de esas armas, ¿quién demonios es?

Entra en un brote de locura. Sale de noche a matar a los jefes que lo traicionaron, pero la diosa Atenea lo hechiza.

Ájax pasa toda la madrugada masacrando a un rebaño de ovejas y vacas, convencido en su delirio de que está degollando a sus enemigos.

Cuando sale el sol y el hechizo se rompe, el panorama es patético: Ájax se encuentra en medio del campo, cubierto de bosta y sangre de animales, con un cuchillo en la mano y todo el ejército mirándolo y matándose de risa.

Acá es donde hay que prestar atención: Ájax no siente culpa por haber matado a los animales. Ájax siente vergüenza.

La vergüenza es la respuesta a la rotura de nuestro orgullo. Es el momento exacto donde descubrís que la película que te armaste sobre vos misma (la de ser la mujer, el hombre invencible que todo lo puede) era una mentira.

Lo que el mundo te devuelve es una imagen rota. Y ante esa imagen, Ájax decide que no puede habitar más este mundo. Se tira sobre su propia espada.

La guerra civil en tu cabeza

¿Por qué les cuento esto?

Porque a los 40 y pico, muchas mujeres, muchos hombres, están metidos en ese mismo campo, rodeados de ovejas muertas.

Esas ovejas son tus expectativas incumplidas, tus «fracasos» domésticos, las renuncias que tuviste que hacer para seguir adelante.

Y la mirada de los otros —reales o digitales— funciona como ese ejército que se burla de tu situación.

Vamos a ver cómo opera tu cabeza en este momento, desarmando la máquina en tres partes:

El Tirano Interno (El Ideal): Es la imagen de la «mujer/hombre total» que nos vendieron. La que es jefa o el que es empresario, pero también hace yoga, tiene la casa como de revista y encima se mantiene joven.

A los 40, esta fantasía ya no es un motor que te impulsa; es un verdugo. Como es imposible de alcanzar, su único trabajo es recordarte todo el tiempo que sos una impostora, un fraude.

El Contable de la Falta (La Voz Crítica): Este es el que lleva la cuenta de la deuda. Su trabajo diario es sentarse a decirte al oído: «Mirá lo que no tenés», «Mirá lo que te falta», «Mirá a la otra, a aquel, cómo progresó».

Para esta parte de tu mente, tus recursos —todo lo que sí lograste y sobreviviste— no valen nada. Tienen valor cero.

El Rehén (Tu Yo cotidiano): Tu identidad real está acorralada. Por un lado, la presión de lo que «deberías ser». Por el otro, el látigo de la crítica constante.

¿Qué hacés para no morir de angustia? Te ponés en Modo Automático.

El automático es la anestesia. Es una muerte en vida necesaria para seguir funcionando como una máquina productiva, para ir al laburo y pagar las cuentas, sin registrar el dolor de estar rota por dentro.

La Sociedad del Cansancio

Este «negativismo» de ver solo lo malo no es un error de percepción o que seas una persona pesimista. Es tu realidad.

Cuando el amor propio básico falla —ese pegamento que te hace sentir que valés a pesar de tus errores—, lo que queda es una fuerza que busca la desconexión total.

Ver todo lo que está mal es la forma que tiene tu mente de decirte: «Rendite, dejá de desear, bajá la persiana, así no te duele más».

Y el mundo de hoy empeora las cosas.

Vivimos en la Sociedad del Rendimiento. Pasamos del viejo «No podés» social al moderno «Vos podés con todo».

Este «Vos podés» es el veneno más tóxico para tu cabeza. Porque si la regla es que vos podés y resulta que no estás brillando en Instagram, entonces la conclusión es obvia: sos una oveja patética en medio del barro.

Ya no necesitás que venga nadie de afuera a humillarte; te humillás vos sola cada vez que abrís una red social.

El agotamiento que sentís no es falta de vista; es el cansancio de una mirada que solo busca la perfección. Es el cansancio de una mujer, de un hombre que se convirtió en su propio capataz.

Por eso, cuando intentás frenar el maldito automático y sentarte a no hacer nada, aparece la ansiedad.

La ansiedad es el miedo atroz a quedarte a solas con ese «Contable de la Falta», sabiendo que te va a pasar la factura de todo lo que hiciste mal en los últimos veinte años.

Para terminar

Para terminar, quiero proponerles una vuelta de tuerca.

Quizás ver tu propia falta, ver tus agujeros, ver que no sos ni vas a ser ese Ideal de plástico de las redes, sea el primer acto de libertad real que podés tener.

Ájax se mató porque no soportó ser un humano fallado. Pero nosotros no somos guerreros míticos de bronce.

Somos mujeres y hombres de carne y hueso en una época enferma que nos exige ser de píxeles.

Tolerar la falta genera ansiedad, sí. Salir del automático y decir «no puedo» genera culpa, es verdad.

Pero esa culpa es la señal de que estás desobedeciendo al tirano que llevás adentro.

La salud mental a nuestra edad no es volver a brillar como si tuviéramos veinte años o ser perfectas. Es tener la capacidad de habitar la herida.

Es aceptar que nuestra vida tiene marcas, que hay cosas que pasaron y no vuelven, que tomamos caminos que cerraron otros, y que eso no nos hace menos valiosas.

Nos hace reales.

Dejemos de intentar ser el guerrero invencible. Aceptemos que a veces estamos en medio del barro, rodeadas de ovejas.

El secreto no es limpiar la sangre rápido para que nadie vea que fallamos, sino entender que, en esa vulnerabilidad, en ese pozo, es donde realmente podemos empezar a desear algo que sea nuestro.

De nadie más.

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