Restos de naufragios.

Una escena sobre el fiscal interno, la fuga hacia el hacer y las formas de sobrevivir a la exigencia.

Héctor  vivía con un inquilino insoportable adentro de su cabeza. No era un fantasma ni una voz de esas que diagnostican los psiquiatras, sino algo más cotidiano y feroz: un fiscal ensañado. Héctor  se pasaba las noches en vela porque ese fiscal, que también hacía de juez y verdugo, le revisaba los escombros del día para demostrarle que todo en él era una estafa.  Un Superyó pulsionalizado: un verdugo que no te cuida ni te guía, sino que te machaca con una severidad pura, endemoniada, que no te deja pasar  ni el más mínimo error.

Fíjense en Luna.  Ella no tolera la “manchita”, ese desorden mínimo de su hija  que le dispara una hipervigilancia constante.

Cuando el Yo no tiene recursos para integrar lo negativo, entra en esa lucha por lo perfecto (o lo que sería lo mismo ese criterio propio de cómo deberían ser las cosas) y simplemente sufre de forma estúpida. Porque o bien se pasa todo el día confrontando con su hija o aguanta en silencio algo que le parece intolerable, inaceptable.

Ante semejante acoso,una de  las respuestas que inventamos es la fuga hacia el hacer. Nos convertimos en adictos a la agenda llena, funcionando como un «pollo sin cabeza». Ahí tenés a Rocío, limpiando y manejando rápido para no conectar con el vacío y la angustia que le capturan el espíritu y el cuerpo  cada vez que para la máquina.  El hacer se vuelve un anestésico brutal; corremos para que, si frenamos de noche, el fiscal interno no nos prenda el reflector en la cara.

Pero hay un peligro más silencioso: la sobreadaptación. Es el éxito aparente con un costo psíquico enorme.  Son los chicos como Ale, que transitan la vida obedeciendo, rindiendo académicamente pero sin que nada les deje huella, hasta que un día colapsan y se encierran en su habitación porque su esfuerzo era «en vacío».  No hay pérdida de objeto, sino una incapacidad de tener un interés genuino por nada; es una escisión del afecto blanco.

A veces, para no enfrentar esa vulnerabilidad, nos armamos una coraza de omnipotencia. Es el «dar omnipotente» de Raúl, que regala flores y atiende solicito  todas las demandas de su novia solo para controlar su respuesta, y que termina destruyendo todo el vínculo todo cuando ella le pone una «mala cara».  Mientras la novia le hace la ola está todo genial el problema está cuando ella presenta un punto de vista diferente o no sigue el guión por él establecido.

Al final, me parece que la única salida es construir esa malla representativa, ese refugio  de palabras, ideas nuevas, que nos permita alojar las presiones sin sentir que nacimos «sin caparazón», como decía aquel niño, Manuel, aturdido por los ruidos de la clase.

Y que luego de muchos encuentros concluyó:  “¿Sabes que sería bonito Martín?…Poder  simplemente “nadar de noche en una piscina  inmensa, hasta que por fin amanezca.”

Y así lo hizo.

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